lunes, 15 de diciembre de 2014

¡Qué lengua, eh!


La Escritura nos dice que una vez el Señor Jesús fue invitado por un fariseo llamado Simón para ir a cenar a su casa.
Había una pecadora en la ciudad que lo supo y se presentó allí, era muy impropio de su parte, pero ella necesitaba ver a Jesús.
Una vez que llegó, derramó sus lágrimas a los pies de Jesús y los secó con sus cabellos, después de limpiar sus pies los besó y además le derramó perfume.
En aquella época, era una tradición el anfitrión al recibir a sus invitados, tener este tipo de atención con ellos, lavarles los pies, besarlos y ungirlos con aceite, pero Simón despreció al Señor Jesús, y no le prestó ningún tipo de asistencia.

Sin embargo, la pecadora hizo todas las cortesías debidas a un invitado.
Una vez que Simón vio la actitud de la mujer pecadora, enseguida se levantó para criticarla, no hizo lo que le competía y encima tuvo el valor de abrir la boca para juzgar su comportamiento, ella simplemente hizo todo lo que él tendría que haber hecho.
Los fariseos se preocupaban sólo con las apariencias, pero Jesús miró su corazón contrito y triste, que Le honraba y buscaba desesperadamente por su perdón.
Ella llegó a la casa de Simón desgraciada, pero por su actitud, aunque parecía vergonzosa para una mujer de su reputación, ella salió en paz, Jesús la perdonó.
A veces la gente critica a los demás porque ellas mismas no tienen nada que dar o no tienen el valor de actuar. Así que apenas se limitan a criticar.
Pero, ¿no vamos a dejar de actuar debido a una crítica, verdad?
Lucas 7: 36-50

1 comments:

jimena pires dijo...

si nunca debemos dejar que las criticas no dejen manifestar nuestra fe con el señor Jesus.

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