viernes, 18 de septiembre de 2015

Experiencias del Altar - Me casé y me fui lejos de mi familia…



Hola queridas, hoy seguimos con la historia de mi amiga Elaine, si no ha leído la de la semana pasada, puede leer aquí.

"Vengo de una familia grande, somos 4 hermanos un muchacho y tres muchachas, siempre muy unidos. Con mis hermanas dormíamos en el mismo cuarto, ya de grandes conversábamos hasta tarde y solo nos dormíamos después del grito de mi papá “Apaguen las luces y cierren la boca!” jajaja, mi hermano siempre cuidándonos y protegiéndonos.

Antes de conocer a Jesús, yo era muy enferma, entonces me acostumbré a ir al médico siempre acompañada de mi madre, ir al mercado también en su compañía, en fin, nunca estaba solita. Vivíamos cerca de mis abuelos, tíos y primos, cuando nos reuníamos éramos 22 primos, fue así que crecí y viví hasta mis casi 18 años que fue cuando me casé. Dejé la escuela, trabajo, familia, todo para servir a Dios en el altar.

Enseguida de que nos casamos fuimos enviados a una iglesia en el interior de Curitiba, en una ciudad llamada Cascavel. Fuimos a vivir juntos con otro matrimonio, la esposa de ese pastor era muy buena conmigo, me enseñó muchas cosas, pero el dolor de la separación era muy grande.
Me recuerdo la primera vez que tuve que ir al médico solita, mi esposo no podía acompañarme y estaba lejos de mi madre… me recuerdo caminando por las calles de Cascavel llorando por el dolor de la nueva vida de casada, ya no tenía a nadie para que cuidase de mi,  con apenas 18 años tenía que cuidar de mi esposo y asumir todas las responsabilidades de una mujer casada; cuidar de una iglesia, una casa, no tenía tiempo de llorar y lamentar, era duro para mi, en la época no teníamos celular, email o skype para hablar con mi madre, tenía que ser con ficha de teléfono público y eso era muy difícil.

Un mes después de haber llegado a aquella ciudad, mi esposo asumió la primer iglesia, fuimos para Foz do Iguaçu, una iglesia pequeña, era en el inicio de la obra, 7 personas domingo por la mañana. Fuimos a vivir atrás de la iglesia, casita simple, sin lujos, una cama, un guarda ropas y los muebles de cocina, nada más. Un calor tremendo, ni ventilador teníamos, me recuerdo que despertaba de madrugada con el barullo de los ratones en el entretecho, parecía que en cualquier momento se caerían en cima nuestro jajaja. Pero nada nos impedía, evangelizábamos de día, hacíamos punto de fe de noche, a pesar de tantas luchas estábamos felices, no mirábamos las dificultades, mirábamos el privilegio de estar allí, nunca reclamamos por no tener a veces lo que nos hubiese gustado comer. 

Hacíamos un núcleo en una ciudad de Paraguay llamada Naranjal, hubo veces que tuvimos que pasar el puente que une Paraguay a Foz do  Iguaçu caminando, era caminar más de 2 horas hasta llegar al lugar donde tomábamos el ómnibus para viajar más de 2 horas hasta el núcleo. Dentro del ómnibus tenía de todo, hasta gallina, jaja y mucho calor!!
Tierra roja y mucho polvo por aquellas calles, pero nuestra alegría era que a cada día llegaban más personas, un pueblo muy amable, nos agradecía con frutas, leche, verduras, y ni sabían ellos que muchas veces era eso lo que tendríamos para comer más tarde, quedábamos felices de ver al pueblo siendo curado, liberado, ese era nuestro salario. Hoy en Foz do Iguaçu es una sede regional, una iglesia linda. El núcleo de Naranjal dio su fruto, también tenemos iglesia en esa ciudad. 

Bueno, casi un año después sin tener noticias de mi familia sin poder hablar con ellos, volvimos a Curitiba donde mi esposo asumió una pequeña iglesia en la capital. Era una iglesia recién inaugurada, vivíamos también atrás de la iglesia, pasamos privaciones. Cuantas veces no tuve qué vestir ni qué calzar, teníamos voluntad de tomar leche y no había, mi casa era muy simple.
Después de casi un año sin ver a mis padres ellos fueron a visitarme en esa iglesia.
Allí vi el mirar de mi padre y la tristeza de mi madre, reflejada en sus rostros, pues aún no estaban en la fe y no entendían nuestro sacrificio; me recuerdo de las palabras de mi padre: “Mi hija, no precisas hacer esto, nunca dejé faltarte nada, por qué no vuelves para casa hija?”
Lo miré a los ojos y le dije: Padre, no me falta nada, yo tengo todo, soy feliz y lo que quiero es servir a Dios, él me abrazó y llamó a mi madre, y ni café quizo tomar en mi casa.
Fue duro para mi, pero solo fortaleció mi fe, después de eso la iglesia creció como nunca, Dios honró nuestra fe.

Son muchas experiencias vividas, si fuera a contar cada una de ellas me quedaría aquí a escribir durante mucho tiempo. Todas sirvieron para mostrar cuánta renuncia exige la obra de Dios, pero con certeza la recompensa es grande, cuántos hijos en la fe formamos a lo largo de los años, por renunciar a mis propios sueños, pude soñar y realizar los sueños de Dios.
En medio a cada lucha, en cada sacrificio hecho, cada desierto que pasamos, nunca perdí la certeza de que Dios estaba con nosotros, que nos acompañaba y la victoria era segura!
Tal vez usted mi amiga, que está leyendo este mensaje, esté pasando un momento difícil, y quiere entender por qué. Por que eso está aconteciendo con usted? Por qué todo no podría ser más fácil?
Simplemente porque el desierto es la escuela de Dios para formar siervos verdaderos y útiles para su reino."

1 comments:

Evelyn Marlen dijo...

Es verdad el desierto nos madura espiritualmente y gracias por compartir sus experiencias en la obra de Dios.

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