
Me acuerdo cuando Dios nos escogió para venir a Estados Unidos para hacer la obra, sólo tenía un año de casada.
Era muy joven, sin experiencia, pero de una cosa tenía seguridad, que Dios estaba conmigo y que quería ganar almas y ser usada por Él.
En ese entonces mi corazón se alegró muchísimo, sin embargo, se me encogió el estomago pues suponía ir a un lugar lejano, desconocido, incluso no hablaba el idioma, pero nada de eso fueron barreras para mí. Mi deseo de servir era mayor que todos estos impedimentos.
A mi familia la noticia no les sentó muy bien porque no se lo esperaban, creo que nunca se imaginaron tal cosa. Recuerdo que en esa época nadie me apoyó, ni mis padres ni mi hermana, pensaban en la distancia y en que estaría muy lejos de ellos.
Las únicas palabras que me hubiera gustado recibir en aquel momento eran: “ve con Dios hija mía, arrebienta”; mas por el contrario todo el tiempo escuché: “no te vayas, quédate con nosotros”.
Sé que lo decían por amor, pero en aquel momento hubiese querido sentir el apoyo y la aprobación de mi familia, para que mi alegría fuera completa.
Después de un show de lágrimas, se dieron cuenta de que mi decisión estaba tomada y que no había vuelta atrás. Ni siquiera dudé un minuto, iría dónde Dios me mandara. Gracias a Dios, el tiempo pasó y ellos terminaron comprendiendo mi elección.
Es muy fácil actuar cuando todo está a tu favor, cuando todos te apoyan, te comprenden pero, ¿y cuándo nadie está de tu parte? ¿Sigues firme en tu fe, en tu creencia, o por el contrario acabas dudando?
¿Reaccionas y sigues adelante o retrocedes y desistes?


