
Aquellos parecían tiempos felices en Moab, Noemí tenía a su esposo, sus dos hijos y sus dos nueras.
De repente, la muerte llegó a su casa, perdió a su marido y luego a sus hijos, de un momento a otro, se vio sola y desolada. Imaginen el sufrimiento de esta esposa y madre, lo único que le quedaba eran sus nueras.
Ella insistió en que Orfa y Rut volviesen a la casa de sus padres, pues ella iba a regresar a Belén, su tierra natal. Orfa volvió con su familia mas Rut escogió seguir a la suegra y a su Dios.
¿Qué habrá visto Rut en Noemí que estaba dispuesta a dejar a su familia y su ciudad para seguirla?
Seguro era algo que ni ella misma podía explicar, pero nosotras lo sabemos muy bien: era la fe de Noemí en el Dios de Israel. Rut veía algo diferente en su suegra que la cautivaba y tenía placer de estar cerca de ella. Con certeza no era una mujer autoritaria y fastidiosa, su testimonio conquistó el amor de Rut que ahora la consideraba como madre.
Así partieron, confiando y refugiándose en los brazos de Dios, que bendijo a ambas. Noemí tenía a Rut para cuidarla, pues ya era avanzada de edad y no podía trabajar. Rut se casó con un hombre de Dios y fue muy feliz.
Rut tuvo hijos, imaginen ahora la alegría de Noemí siendo abuela, cargando un bebé en su regazo. Rut fue bisabuela del rey David del cual sigue la genealogía del Señor Jesús.
No es nada fácil lidiar con este tipo de sentimientos, la pérdida de un ser querido, el cambio drástico de vida, la sensación de sentirse sola, desprotegida y abandonada, a la hora de tomar una decisión pasan mil cosas por nuestra cabeza, el miedo a lo desconocido.
Parece que la persona se queda desorientada. Mas, ¿quién nunca pasó por alguna de estas situaciones?
Todas nosotras ya pasamos, pero siempre lo que nos ayuda a no permanecer paradas en el tiempo es el amor incondicional de Dios que cura todas las heridas y nos motiva a seguir adelante.
Cuando pensamos que todo está perdido, Dios nos muestra la luz al final del túnel.







